133. Palabras y libros: el impacto de la censura durante la Guerra Sucia en Argentina

Author: Lily Siegal, Senior

Introducción
Cuando uno piensa en la Guerra Sucia de 1976 a 1983 en Argentina, es probable que piense inmediatamente en los treinta miles de desaparecidos - ciudadanos secuestrados, encarcelados, torturados, y matados por su propio gobierno, el régimen militar llamado la junta. No es probable que piense en las palabras cotidianas ni en los libros, pero esta investigación examinará como la censura y el control de las palabras de la junta militar ha tenido un impacto en la sociedad argentina que todavía la afecta hoy en día, treinta años después del fin de la dictadura. Normalmente asociamos la censura con un impacto negativo en los autores, la prensa y la industria editorial. Esta investigación explorará como la censura dañó a esas entidades al mismo tiempo que impactó adversamente a toda la sociedad argentina porque menoscabó el habla cotidiana por su perversión grotesca de la semántica.

Fondo histórico
Para entender como la junta llegó a controlar Argentina con la mano de hierro que hizo posible la realización de su censura, el fondo histórico del golpe de estado y el consecuente régimen controlador resulta indispensable. La junta militar derrocó el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón y tomó poder el veinticuatro de marzo de 1976 (Coscarelli 100). Es importante notar que la gran mayoría de la gente argentina dio la bienvenida a este cambio del gobierno porque se sentía desesperada debido al caos económico y político que existía en la sociedad argentina bajo la presidencia de María Estela Martínez de Perón, mejor conocida como “Isabelita,” la viuda del presidente difunto Juan Domingo de Perón.

El caos económico de la época de la presidencia de Isabelita consistió en la inflación y el desempleo. Temprano en la década de los setenta, la tasa de desempleo aumentó drásticamente a la vez que el valor del peso argentino bajó inmensamente. Asimismo, la inflación subió treinta por ciento por mes, las ganancias de las exportaciones bajaron veinticinco por ciento, y el déficit nacional subió a un billón de dólares (Feitlowitz 6). El caos político consistió en la guerra no oficial que estalló entre ejércitos no oficiales de la derecha y la izquierda. La actividad guerrillera estaba extendiéndose desenfrenadamente durante esa época también con la participación de los Montoneros, el Ejército Revolucionario Popular, la Fuerza Armada Revolucionaria, y la Fuerza Armada Popular. Esta actividad guerrillera causó la fundación de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), una organización fundada por el gobierno argentino que asesinó a los miembros de los grupos guerrilleros (y más tarde extendería sus víctimas a los ciudadanos sin ataduras a los grupos guerrilleros, incluso los activistas sociales y los jueces). Entonces, los secuestros y la violencia extendida ya eran fenómenos presentes en la sociedad argentina cuando la junta tomó poder. Debido a esta situación caótica y las crises económicas y políticas, la mayoría de los argentinos dio la bienvenida a la dictadura con la esperanza que establecería el orden y recuperaría la situación económica (Feitlowitz 5-6).

A partir del veinticuatro de marzo de 1976, la junta consistiendo en tres ramas, la fuerza armada, la fuerza naval, y la fuerza aérea, agarró el control total del estado que mantendría hasta 1983 (Feitlowitz 6). Esta junta nombró la dictadura que instaló el Proceso de Reorganización Nacional. Rafael Videla, un comandante superior de la fuerza armada, ocupó el rol del presidente oficial en los primeros años del Proceso. El gobierno militar suspendió el Congreso del país para poder operar sin el sistema constitucional del equilibrio de poderes que podría refrenar sus modificaciones a las leyes y sus acciones inconstitucionales (Ennals 11). La junta estableció el Proceso de Reorganización Nacional con la meta fundamental de la construcción de “un nuevo orden social” (Bossié 4). Según la retórica del régimen, este “nuevo orden social” resultaría en una sociedad occidental, cristiana, y capitalista que estaría en concordancia con la identidad nacional argentina (Bossié 4). La junta “sostuvo que la sociedad había enfermado por el accionar disolvente del enemigo subversivo que actuaba bajo ideologías importadas ajenas a nuestro ser nacional y que, por ende, debía ser sanada para evitar su disolución” (Doval 2). Quería eliminar completamente el enemigo interno para la purificación de la sociedad argentina. Esta formación de un “enemigo interno” justificó “la represión de las ideas, las intenciones, y los actos” desde la perspectiva del régimen (Funes 138). El presidente de facto de la junta, Rafael Videla, articuló la peligrosidad supuesta del subversivo en el campo cultural durante una conferencia de prensa el diecisiete de diciembre de 1977 cuando declaró, “en este tipo de lucha no solamente es considerado como agresor el que agrede a través de la bomba, del disparo o del secuestro, sino también aquel que en el plano de las ideas quiere cambiar nuestro sistema de vida a través de ideas que son justamente subversivas…el terrorista no sólo es considerado tal por matar… sino también por activar, a través de ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana a otras personas…” (Bossié 4).

A pesar de que la junta legitimara su represión estatal con la justificación que esta represión fue necesario para eliminar la violencia desenfrenada del país, la violencia en Argentina no disminuyó sino aumentó a partir de su ascenso al poder el veinticuatro de marzo de 1976. Una delegación que Amnesty International mandó a Argentina en noviembre de 1976 declaró que el número de los asesinatos políticos había duplicado desde el golpe de estado mientras los datos sobre otras formas de violencia también mostraron una ampliación (incluso el aumento de los incidentes de las detenciones, los secuestros, las alegaciones de la tortura y las muertes en detención) (Ennals 5).

La validez de la justificación por la brutalidad y la represión estatal desarrollada por la junta sigue siendo un debate polémico hoy en día. La gran mayoría de la población argentina e internacional condena ardientemente las acciones de la junta durante la Guerra Sucia, pero unos individuales defienden el gobierno militar. Por ejemplo, Miguel Etchecolatz, director de las investigaciones de la policía de la provincia de Buenos Aires de 1976 hasta 1979, escribió un libro que defiende la represión estatal durante la Guerra Sucia y condenó las investigaciones de CONADEP (La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). Etchecolatz argumentó que la represión fue necesaria porque los subversivos eran una amenaza verdadera a la sociedad argentina y que la policía y las fuerzas armadas tuvieron que enfrentarse con el enemigo interno en una guerra sin cuartel para defender el país y la población argentina. Sostuvo que CONADEP no consideró el peligro de las actividades subversivas (Marchak 266-7). El argumento de Etchecolatz carece validez y persuasiva debido a la fuerza sumamente superior junto con la superioridad numérica de las fuerzas armadas. Según Coronel Lorenzo, un coronel argentino que se jubiló durante la Guerra Sucia, las fuerzas armadas tuvieron entre 70,000 y 80,000 miembros y un ratio de diez personas a cada persona involucrada en la actividad guerrillera (Marchak 269). Otra debilidad de su teoría es la falta de la consideración que la actividad guerrillera surgió parcialmente como una reacción a las situaciones terribles económicas y políticas que tuvieron sus raíces en las acciones de las fuerzas armadas y el gobierno de la derecha (Marchak 267). Finalmente, el argumento de Etchecolatz no responde al hecho que el gobierno militar no solo secuestró, torturó, y asesinó a los guerrilleros sino también a los ciudadanos inocentes incluso los estudiantes, los intelectuales y los artistas, las figuras religiosas de ciertas sectas, y los defensores de los derechos humanos.

La censura de la junta
Con este fin de la purificación de la sociedad en cuenta, la junta intentó llevar a cabo la eliminación de todas las personas con ideas diferentes junto con todas las ideas que consideraron peligrosas a su perfecto orden social. Estas ideas incluyeron las ideologías obviamente preocupantes para un régimen neoliberal como el comunismo, el marxismo, y el socialismo, pero también consideraron peligrosas los siguientes temas: la pobreza, la división de las clases sociales, la vida cotidiana de la clase obrera, las huelgas, y cualquiera tipo de adversidad (Bossié 5). Para realizar su meta, la junta blandió la censura como una de sus herramientas más eficaces en la guerra contra su propia gente, una guerra que experimentó mucha de su acción en el campo cultural. La censura (y la represión por lo general) del régimen poseía dos caras: la cara pública, consistiendo en decretos legales al lado de las declaraciones en los medios de la comunicación, y la cara oculta, “que se negaba y silenciaba en las instancias públicas” (De Diego 163). La cara pública de la censura floreció con el desarrollo de una serie de leyes explícitas mientras la cara oculta se presentó por las acciones clandestinas incluso el secuestro, el encarcelamiento, la tortura, y el asesinato de ciudadanos argentinos. 

Leyes de la censura
Ni la censura ni la violencia estatal apareció para la primera vez en la historia de Argentina durante la dictadura de 1976, pero las aumentó sistemáticamente. El gobierno de Isabel Perón ya había preparado el camino para la censura y el autoritarismo de la junta. El comienzo de la eliminación de “los elementos subversivos” empezó bajo la jefatura de Isabelita con el decreto oficial 261 en 1975 que movilizó las fuerzas armadas para operaciones no-militares, las operaciones psicológicas. Según Feitlowitz, Argentina era un país democrático solo en nombre a partir de este momento así que la junta solo tuvo que expandir en el ambiente represivo en vez de construirlo desde lo básico (6).

La junta aprovechó las leyes anteriormente mencionadas para implementar su programa de censura aún más agresiva. Esta base incluye la ley 16.970 de Defensa Nacional, la ley 17401 de represión y prevención del comunismo, y la ley 20840. La última se llama la ley antisubversiva y su aprobación en septiembre de 1974, bajo la presidencia de Isabel Perón, estableció el castigo de encarcelamiento de tres a ocho años mínimos para la diseminación de  ideas que no estaban de acuerdo con “el orden institucional y la paz social de la Nación” (Funes 143). “Esta ley habilitó la censura, la cesantía, la prisión o desaparición de miles de argentinos. Dictada por un gobierno elegido democráticamente, fue la herramienta legal del Proceso de Reorganización Nacional”  (Funes 143-144).

La junta aprobó más leyes para legalizar la censura junto al secuestro, el encarcelamiento, la tortura, y el asesinato de los ciudadanos argentinos. La junta también cambió el sistema clasificador para exagerar el peligro potencial de los autores y los intelectuales para poder perseguirlos. Por ejemplo, los registros de la Dirección de Inteligencia  de la Policía de la Provincia de Buenos Aires contienen información acerca del caso del Centro Editor de América Latina, en el cual los mismos materiales que habían clasificado como “comunistas” antes de la dictadura pasaron a ser clasificados como “Delincuente Subversivos” en 1980 bajo la junta (Funes 144-147) . “Sin embargo los Servicios de Inteligencia acentuaban al máximo posible su peligrosidad y quemaban toneladas de libros irrecuperables” (Funes 147).

La junta aprobó una ley que estableció el delito de la prensa el veinticuatro de marzo de 1976. Esta ley declaró que “anyone who through any medium whatsoever defends, divulges or propogates announcements or views coming from or attributed to illicit organizations or persons or groups notoriously dedicated to subversive activities or to terrorism will be subject to an indefinite period of detention. Anyone who through any medium whatsoever defends, propogates or divulges news, communiques or views with the purpose of disrupting, prejudicing or lessening the prestige of the activities of the armed forces will be subject to detention for a period of up to 10 years” (Ennals 15). El veintidós de abril del mismo año, el gobierno militar introdujo una forma de censura aún más severa con la declaración de la prohibición de la publicación de todas las noticias sobre la actividad terrorista, la actividad subversiva, los secuestros, y los descubrimientos de los cadáveres (Ennals 15).

El apoyo estatal de la censura
El apoyo estatal de la censura durante la Guerra Sucia se llamaba Operación Claridad. La metodología del apoyo “fue la supresión física de personas sospechosas y comprometidas con la militancia política, el secuestro y la destrucción de sus bienes culturales y el reemplazo de ideas criticas valiéndose de instituciones prestigiosas como editoriales, universidades, bibliotecas” (Bossié 4).

Los métodos de la censura estatal específicamente incluyeron el control de todos los modos de la comunicación, las listas negras, y el exilio, el encarcelamiento, el secuestro, la tortura, y la ejecución de los periodistas, dramaturgos, escritores, y otros artistas que resistieron el gobierno militar, por su percepción o en la realidad. El gobierno involucró muchos organismos estatales para determinar qué libros (u otros productos culturales incluso las obras de teatro, las revistas, los artículos del diario, las películas, la poesía, y las canciones) eran peligrosos a su idea de la sociedad ideal y el nuevo orden social deseado. Utilizó un sistema clasificatorio y un informe correspondiente de tres partes para determinar el nivel del peligro de cada libro con una división de los libros en tres listas: la lista negra (para libros subversivos), la lista gris (para los del medio), y la lista blanca (para los que consideraban inofensivos) . El contenido que pudo implicar a su autor o creador incluyó el marxismo, el peronismo, el socialismo, las fábricas, cualquieras dificultades de la vida diaria, la solidaridad de los obreros, las huelgas, los descamisados (los pobres argentinos), los campesinos, o metáforas para hablar de unos de esos temas (Bossié 4-5). Después de ubicar el producto cultural en una de las tres listas, evaluaron las actitudes del producto como positivas o negativas, citando ejemplos del texto. La segunda parte del informe resumió el contenido del producto cultural y explicó porque el censor había decidido ponerlo en esa lista. La tercera parte del informe consistió en un párrafo apoyando la evaluación (Funes 150).

El impacto de la censura en el nivel de los individuos artísticos e intelectuales
             La censura destruyó no solamente las obras de muchos individuos artísticos e intelectuales de Argentina sino también destruyó sus vidas. Para ellos, un fracaso en la tentativa de evitar la censura muchas veces resultó en su desaparición y muerte presumible. Por ejemplo,  Haroldo Conti desapareció el cinco de mayo de 1976 por escribir Mascaró, el cazador americano. Aunque su libro no incluyó la ideología marxista explícitamente, “la simbología utilizada y la concepción de la novela demostró su ideología marxista sin temor a errores” según las palabras del informe que lo condenó (Funes 150-151).

              Los autores que no sufrieron del encarcelamiento ni de la tortura todavía experimentaron la lucha de cómo resistir al régimen mientras sobrevivían. En muchos casos, navegaron este camino difícil por la utilización de las metáforas en sus obras y la estrategia de criticar al gobierno presente por hablar del pasado. Por ejemplo, el autor Ricardo Piglia se quedó en Argentina durante toda la dictadura y publicó su novela Respiración artificial. En Respiración artificial, la estrategia del uso del pasado para hablar del presente y criticar al gobierno actual sin el riesgo de la resistencia explícita es central al libro. Específicamente, en esta novela Piglia refiere a la época de la historia argentina cuando Juan Manuel de Rosas y Domingo Faustino Sarmiento lucharon por sus visiones discordantes del gobierno ideal (Rea 427-428).

El impacto de la censura en la prensa escrita
La censura contra la prensa escrita facilitó la ocultación de la situación verdadera de los ciudadanos argentinos y proveyó una imagen falsa del bienestar de la sociedad.  Junto con esta distorsión de la realidad, la censura a la prensa escrita causó los fallecimientos y exilios forzados de muchos periodistas y las clausuras de muchos diarios. En agosto de 1976, la junta ya había forzado que aproximadamente cien de los periodistas más prominentes huyeran del país. Durante la dictadura, noventa y dos otros periodistas desaparecieron (Feitlowitz 159).

Esta imagen falsa que resultó de la censura (y la autocensura, porque los periodistas sabían que pudieron morir por escribir la verdad) también exageró la peligrosidad de los grupos guerrilleros. A pesar de la eliminación casi completa de los guerrilleros para el fin de 1976, la junta siguió subrayando la importancia de su rol en la protección de la gente argentina de los guerrilleros por su retórica. También, manipuló los hechos sobre asuntos más cotidianos para ganar el apoyo de la gente. Por ejemplo, toda la información acerca de los argentinos en el extranjero evitó la mención de las razones por las que habían huido o por su exilio. En vez de hablar de la violación de los derechos humanos o las personas forzadas a exiliarse, se enfocó en los hombres de negocios que tenían éxito en el extranjero. También prestó mucha atención a los proyectos de beatificación en que la junta estaba trabajando (Feitlowitz 159). Las mentiras oficiales y la censura a la información acerca de los campos de concentración dificultaron la comprensión de lo que estaba pasando en realidad (Feitlowitz 157). Junta a su erradicación de la pobreza, la junta erradicó la mención de la pobreza. Las villas miserias formaron cinco por ciento de la población de Buenos Aires en 1976, pero setenta y seis por ciento de esta población era eliminado durante 1976 por redadas clandestinas que la policía y las fuerzas armadas hicieron durante la noche (Feitlowitz 154).

La junta no disminuyó solo la cantidad de información verdadera para el público argentino sino también disminuyó el vocabulario de los periodistas porque pese al contenido, la junta consideró ciertas palabras sospechosas. Entonces una estrategia de los periodistas para poder publicar sus artículos en el diario fue la de evitar esas palabras. Los periodistas estratégicamente evitaron el uso de muchas palabras específicas, incluso: “condiciones,” “contradicción,” “relativo,” “reaccionario,” y “crítica” (Feitlowitz 35).  La mera mención de la frase “derechos humanos,” podía resultar en la prohibición del artículo o algo aún peor y más grave en términos de la carrera o la vida del periodista debido al odio de la junta para esta frase.

Ninguno de los medios de la comunicación podía mencionar los desaparecidos, la tortura, los campos de concentración, o cualquier otro aspecto de la violación de los derechos humanos por la junta (Marchak 6-7). Por esa carencia de información acerca de la violencia y las muertes de los ciudadanos a manos del gobierno, en la primera etapa del terrorismo del estado, la cantidad de las muertes y la violencia parecían bajar a pesar de la aumentación de la violencia del estado.
La junta manipuló la información sobre la actividad guerrillera para justificar sus acciones a través de sus anuncios públicos constantes y su control de la prensa escrita. Por ejemplo, el gobierno exageró la fuerza de los grupos armados izquierdistas y la amenaza que representó a la sociedad cuando en realidad, de las dos miles de personas en todos los grupos armados izquierdistas combinados, solo cuatrocientos de esas personas tenían acceso a las armas en su cumbre durante los años 1974 a 1975 (Feitlowitz 6).

La clausura de dos diarios ejemplificó la forma menos sutil de la censura contra la prensa escrita. El Decreto 493/78 exigió la prohibición de la impresión y la distribución del diario La razón (De Diego 164). En 1976, la junta no solo forzó el cierre del diario La opinión, sino también secuestró al director Jacobo Timerman y el subdirector. Citó evidencia falsa que La opinión recibió su financiamiento de una fuente guerrillera para justificar su clausura forzada (Barrera 74).

Impacto de la censura en la industria editorial
            El impacto negativo de la censura en la industria editorial terminó el éxito de esta industria y la quitó de su lugar en la vanguardia editorial del mundo. Causó la reducción drástica de la publicación de los libros y la reducción de la calidad de los libros publicados también por la censura meticulosa. En 1976, el primer año de la dictadura, Argentina publicó 31.5 millones de libros, pero después de tres años de la represión estatal en 1979, solo publicó 8.7 millones de libros (Rea 417). Asimismo, antes de la dictadura en 1974 las empresas editoriales de Argentina produjeron casi cincuenta millones de ejemplares pero durante la dictadura en 1979 solo produjeron diecisiete millones de ejemplares. De Diego observa que La Feria del Libro ubicado en Buenos Aires en 1976 fue la peor feria del libro de la historia argentina y comenta que el despotismo “resultó letal para la actividad editorial” (176).

Impacto de la censura en la semántica
                 Todos los impactos de la censura afectaron a la gente argentina adversamente, pero el daño al léxico impactó a todos los ciudadanos argentinos, al contraste con los impactos en la prensa escrita, en los autores, y en la industria editorial porque esos impactos no tuvieron implicaciones para la gente analfabeta. Otra implicación del impacto en la semántica es su duración porque todavía, hoy por hoy, los cambios semánticos siguen afectando las vidas cotidianas de la gente argentina y tienen el poder de causar el dolor al oír solo una palabra. En las palabras de Feitlowitz, “I have come to believe that, even after the regime has ended, language may be the last system to recover” (61).

                 Las experiencias de un sobreviviente de los campos de concentración de la Guerra Sucia nos informa sobre el poder de la lengua en la lucha de sobrevivir y las cicatrices que las palabras pueden dejar en una persona. A partir de su secuestro el 18 de noviembre de 1977 por un comando pesadamente armado, Mario Villani pasó cuatro años en cinco distintos campos de concentración. Su inteligencia y la gran atención que prestó a las palabras, sobre todo su aptitud en la decodificación de las palabras, lo ayudó a sobrevivir los campos.  Rosita Lerner, la esposa de Mario Villani, compara la comunicación de su marido y los otros ex desaparecidos a la comunicación de las personas sordas y mudas porque tienen un código particular con gestos, miradas, y señales con significados que el resto de la gente no puede entender. Por ejemplo, explica la importancia de una sola mirada y su capacidad de expresar muchos pensamientos sin hablar porque los prisioneros no pudieron hablar en muchas de las situaciones dentro de los campos de concentración (Feitlowitz 71- 83).

                 Las perversiones de la lengua contribuyeron al sentido siniestro y casi surrealista de la vida en Buenos Aires durante la Guerra Sucia. La junta cambió el significado de muchas palabras que la gente argentina decía con frecuencia antes de la dictadura (Feitlowitz 48). Por ejemplo, tradicionalmente, la palabra “parrilla” refiere a un horno para cocinar la carne. La parrilla forma parte de la tradición amada argentina del asado, una ocasión para la reunión de la familia y para disfrutar la buena comida. En cambio, durante la Guerra Sucia, la “parrilla” significaba la mesa metal donde torturaron a los desaparecidos. Similarmente, la palabra “asado” tradicionalmente refiere a un churrasco, pero su significado siniestro durante la dictadura refirió a la quema de los cuerpos de los desaparecidos, una táctica que la junta usó para esconder la evidencia de las altas cantidades de personas que asesinó (Feitlowitz 53).

              Muchas de las palabras relacionadas normalmente con la transportación recibieron nuevos significados relacionados a la muerte durante la Guerra Sucia. Por ejemplo, en los campos de concentración, la palabra “boleta” significó el boletín para la transferencia de un desaparecido. Esta transferencia tuvo la posibilidad de ser una transferencia a otro campo de concentración, pero los desaparecidos sabían que, la mayoría del tiempo, señaló que la junta había elegido asesinarlos por varios métodos incluso tirarlos de un avión desnudos al mar (Feitlowitz 53). La palabra “camión” significó más de un vehículo porque era sinónimo de la palabra “traslado,” que como “boleta,”  refería a la transferencia (Feitlowitz 53-54). La palabra “crucero” significó un crucero para buscar “mercadería” (los victimas del secuestro) (Feitlowitz 55). Muchas veces los tiranos de los campos forzaron unos de los prisioneros a acompañarles en sus cruceros para informarles en una forma de la tortura psicológica.

                  Uno de los ejemplos más dolorosos para la gente argentina de los cambios semánticos es la palabra “perejil.”  Este nombre de la verdura verde era la palabra que los militares decían en referencia a los niños de los desaparecidos. Los militares declararon que así que el perejil es tan común en Argentina que los almaceneros lo regalan a sus clientes, representaba a los niños de los desaparecidos porque opinaban que estos niños eran tan abundantes e insignificantes como el perejil. En una entrevista con Feitlowitz, Mathilde Mellibovsky articula “that’s how they thought of our children – cheap little leaves made for throwing away” (49). Hoy en día, Mellibovsky rechaza decir la palabra “perejil” y no acepta el perejil gratis de los almaceneros debido a la desaparición de su hija Graciela. La junta desapareció a Graciela en septiembre de 1976 para torturarla y después matarla. Entonces esta palabra ejemplifica como la junta redujo el léxico de la gente argentina, destrozando palabras neutrales con sus nuevos significados siniestros (Feitlowitz 49).

            Otro ejemplo de esta reducción del léxico argentino aparece en las actitudes de los argentinos hacia la palabra “capucha.” Durante la dictadura, “capucha” cambió de la palabra para describir la pieza de tela que cubre la cabeza en unas prendas de ropa a la capucha especifica del campo de concentración. Esta prenda cubrió la cabeza, la cara, y el cuello para impedir todo el contacto con todo el mundo y los otros prisioneros. Muchos sobrevivientes de los campos describen la tortura psicológica de la capucha y la carencia de contacto con seres humanos como la peor parte de su experiencia en los campos, peor que la tortura física y el miedo constante de sus muertes. La incapacidad de ver era una estrategia de la junta para disminuir la moral y la resistencia de los desaparecidos. El siguiente testimonio de la hermana de desaparecidos y una abogada de derechos humanos explica porque ya no puede decir “capucha”: “It was raining, and I was in a hurry to get the kids off to school. ‘Capirotes! Capirotes!’ I urged them, in a sudden panic. They had no idea what I was talking about. But I couldn’t bring myself to say ‘Póngase las capuchas’ or ‘Put up your hoods.’ Capirote is totally archaic, rarefied. It means ‘hood’ but no child would know that. For me, capucha is a place, and that place meant torture and ultimately death for people I loved very, very much” (Feitlowitz 54).

              Otra perversión de la lengua incluye el ejemplo de la conversión de la palabra enfermería en un lugar donde torturaban a los desparecidos. En la “enfermería” del campo de concentración llamada Campo de Mayo, los desaparecidos tenían que presenciar la tortura y la muerte de sus compañeros (Feitlowitz 55). Similarmente, ambos “terapia intensiva” y “tratamiento” significaron tortura en la lengua de la junta (Feitlowitz 59).

                El ejemplo de la palabra “submarino” ilustra otra vez la perversión terrible de la lengua cotidiana. Tradicionalmente en Argentina, un “submarino” es una merienda que los niños comen a menudo que consiste en una barra de chocolate que la sumergen en una taza de leche caliente, pero durante la Guerra Sucia, la junta llamó un tipo específico de la tortura un “submarino.” Esta forma de tortura consistió en la sumersión de la cabeza del prisionero en una balde de agua ensuciada con heces y orina (Feitlowitz 59). Los prisioneros tuvieron que llevar sus capuchas durante el “submarino,” por lo tanto cuando finalmente fueron sacados del balde, la tela mojada de la capucha quedó pegado a su boca y su nariz y resultó casi imposible respirar (Ennals 37).

Conclusión
                 Aunque la junta blandió las palabras como una de sus armas más devastadores, las palabras no son herramientas solo de la represión sino también de la esperanza. Las mujeres encarceladas en la prisión Devoto de Buenos Aires ilustraron el poder de las palabras como herramientas de la esperanza. A pesar de la censura severa en las cárceles, incluso la censura contra el material de lectura y la correspondencia, ellas escribieron y circularon dos revistas en la cárcel, una revista de la política y una revista de los derechos humanos (Ennals 18; Feitlowitz 69). Escribieron en cualesquier trozos de papel que pudieron encontrar y rodaron los trozos de papeles en bolitas para esconderlas y les pasaron las bolitas de papel en los baños (Feitlowitz 69). La osadía de estas mujeres demuestra su valor indomable y su voluntad extraordinaria resistir al gobierno militar, tomando en cuenta su conocimiento de las búsquedas aleatorias de sus cuerpos enteros y los castigos atroces repartidos a los prisioneros por las infracciones minúsculas de las reglas (Ennals 18). A pesar de los impactos graves que la censura de la Guerra Sucia impuso en la sociedad argentina, las palabras y los libros tienen la capacidad ser una parte importante de la curación de la sociedad argentina.

En conclusión, la censura de la Guerra Sucia definitivamente impactó a los autores, la prensa, la industria editorial, y la semántica, resultando en un legado negativo que todavía es presente en la sociedad actual. Las consecuencias severas de esta censura extrema incluyeron las muertes de muchos autores y los impactos negativos en las vidas de muchos otros autores cubriendo la gama de un periodo largo encarcelado y torturado al exilio forzado o la necesidad de autoexiliarse para proteger la vida. Otros resultados de la censura incluyeron los cierres de unos diarios, una carencia de la información verdadera en los diarios que pudieron seguir abiertos, y el declive de ambos la cantidad y la calidad de los libros publicados. Finalmente, la censura y las acciones de la junta causó una perversión grotesca de la semántica argentina que sigue afectando a la gente después de los otros resultados de la censura se han convertido en la historia. Treinta años después de la Guerra Sucia, esta perversión de la semántica todavía afecta a la gente argentina, especialmente la gente que sobrevivió la dictadura, pero a pesar de la reducción de su vocabulario por el dolor que unas palabras inspiran, la gente rechaza abandonar muchas de las palabras de las que la junta convirtió en palabras violentas  y sigue diciéndolas con un espíritu de resiliencia que está recuperando los significados originales de las palabras.

English Abstract:

Words and Books: the Impact of Censorship during the Dirty War in Argentina

This research paper examines the impact of censorship during the Dirty War on argentine society. The military junta that governed Argentina from 1976 until 1983 is most infamous for the disappearance of thirty million of its citizens, but it also launched an intense war on the cultural battlefield, prohibiting words, burning books, and kidnapping, torturing, and killing those who spoke or wrote of “dangerous” ideas. This investigation examines how and why the effects of censorship on the argentine society are still pertinent today, thirty years after the end of the dictatorship. The thesis proposes that this impact was observed – and is still observed today – in the history of specific authors, the media, the publishing industry, and even the linguistic level of argentine Spanish.
The powerful and painful impact of the Dirty War on all the Argentines whom I met during a semester in Buenos Aires inspired my curiosity about this topic. Although censorship is only one aspect of the terrible legacy of the dictatorship, I hope that by examining its many consequences on an entire society, this investigation will emphasize the immense power of words and the importance of freedom of expression.

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